Cuando la mano piensa

09/09/2026 Claudia Zapata

Cuando la mano piensa

Breve reflexión sobre la importancia de mantener conectados mente y cuerpo en armonía para comunicarnos mejor. Y hacer más garabatos.

El lápiz.
El papel.
Los garabatos.

Ellos me han enseñado a habitar el mundo. Mi mundo.

A entender lo inexpresable, a navegar entre la imaginación y la paz.

Me recuerdo de niña con un lapicito tan pequeño que ya casi no cabía entre mis dedos. Seguro tenía más borrador que lápiz, pero no lo soltaba. No lo cambiaba. Lo usaba hasta que se agotaba.

Primero fueron las hojas de la libreta. Después, las hojas de máquina. Más tarde, un periódico, un recibo de luz, los manteles de papel de los restaurantes, las servilletas… cualquier superficie que se dejara.

Siempre ha sido así.

No puedo platicar, pensar, resolver, trabajar o simplemente asimilar una experiencia sin hacer un garabato, y durante muchos años no me pregunté por qué, simplemente lo hacía.

Pero ¿qué es garabatear?

De acuerdo con la Real Academia Española, un garabato es un rasgo irregular hecho con la pluma, el lápiz u otro instrumento.

¿Y qué tiene ese rasgo irregular que hace que mi cabeza se aquiete?

La verdad, no lo sé del todo, lo que sí sé es que son demasiadas las cosas que suceden en nuestro interior. Y la razón no siempre alcanza a entenderlas o asimilarlas. Hay cosas que pensamos antes de poder ponerlas en palabras.
 Hay cosas que sentimos antes de poder comprenderlas, y hay ideas que aparecen primero como una línea, una forma, un punto.

Quizá por eso, cuando dejamos que la mano participe en el proceso de pensar, aparecen conexiones que la mente racional, por sí sola, quizá no habría encontrado.

Una línea uniforme, una ola del mar o un espiral infinito me recuerdan algo. Algo que no sé explicar, pero que se parece a la quietud del fondo del mar.

Las líneas curvas, los espirales, los puntos, el signo de infinito y la letra griega lambda minúscula son mis garabatos favoritos, me han acompañado en mi infancia, mi juventud y mi adultez, y estoy segura de que estarán cerca de mí hasta la vejez, ellos habitan mi hogar.

Ya de grande descubrí que, al conectar mis manos —mi cuerpo— con mi mente, mis emociones y mis sentimientos, surge una sabiduría diferente.

Una que conecta.
Que acomoda.
Que integra.
Que me permite asimilar de una manera más completa.

Sunni Brown, en su libro The Doodle Revolution habla precisamente del poder de garabatear para pensar de manera diferente.

El lenguaje visual, dice, puede ser una herramienta sencilla, accesible y extraordinariamente poderosa para comprender, conectar ideas y resolver problemas.

Por años, no conocí esta información, pero eso no importó. Yo llevaba toda la vida haciendo algo que no sabía explicar. Y un día descubrí que quizá mi mano estaba ayudando a mi mente a pensar.

Con el tiempo, mis garabatos se fueron transformando en mapas mentales.

Una herramienta que me ha ayudado —de manera casi mágica— a conectarlo todo: a digerir información, definir mensajes core, ordenar ideas y recordar fácilmente detalles que de otra manera probablemente olvidaría.

Pero esa es otra historia…

Hoy pienso que quizá no se trata solamente de garabatea, se trata de permitirnos pensar de otras maneras. Porque quizá, para transformar una idea, una cultura o una organización, primero tenemos que encontrar nuevas maneras de pensarla. Y tal vez algunas de esas nuevas ideas no comienzan con una palabra.

Tal vez comienzan con una línea. Por ahora, me quedo con una pregunta:

¿Cuál es tu manera de pensar sin palabras?

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