En LATAM hay un juego sencillo que gira sobre sí mismo.
Y mientras gira, despierta emociones, provoca risas, genera conversaciones y nos recuerda algo que a veces olvidamos en medio de nuestras rutinas: lo sencillo que es ser humanos.
Hablo del Toma Todo, también conocido como la pirinola.
Humano es desearle toda la suerte del mundo al compañero que tenemos al lado para que le toque el TOMA TODO y se lleve el premio: dulces, monedas, frijolitos, jajaja… o cualquier objeto que esté en juego.
Humano es consolar y reconfortar a quien le toca PON DOS. Y también es entender que no es culpa de quien giró la pirinola cuando cae en TODOS PONEN. ¡Qué juego tan sencillo y qué manera tan bonita de unirnos!
Un juego que nos invita a practicar la empatía, a compartir, a reírnos de lo que sucede y a aceptar que no siempre ganamos. Pero, sobre todo, que nos permite salir por un momento de nuestra rutina para experimentar suspenso, emoción y felicidad.
Hay algo que me encanta observar: jugamos de manera individual, cada quien esperando su turno y deseando ganar. Sin embargo, cuando alguien se lleva el premio, muchas veces la primera reacción de los demás es aplaudir, sonreír y celebrar con esa persona.
¿No es esa una forma genuina de conectar?
Por unos instantes, dejamos de lado nuestros puestos, nuestras responsabilidades y nuestras diferencias. Simplemente somos personas compartiendo un momento.
La pirinola es una pequeña pieza con seis caras. No necesita tecnología, grandes inversiones ni instrucciones complicadas. Solo necesita participantes, un poco de disposición y ganas de conectar.
Y tiene algo maravilloso: puede reunir generaciones enteras, desde el abuelo hasta el nieto, o acercar a compañeros de trabajo que, en el día a día, interactúan desde distintas posiciones y jerarquías.
Mi inversión para descubrirlo fue de apenas $15 pesos. Eso me costó una pirinola en la mercería de la esquina. Y, sinceramente, han sido de los $15 pesos mejor invertidos.
En las reuniones relajadas de mi trabajo, este pequeño juego se ha convertido en una tradición: jugar un viernes por la tarde, algún día del mes. Ya hay quienes llegan con sus monedas en esa bolsita especial, ¡la de la suerte!, decididos a conquistar el botín más grande.
Pero lo que más disfruto no es quién gana, sino todo lo que sucede mientras jugamos: las conversaciones espontáneas, las bromas, las reacciones, las carcajadas y ese momento en el que las preocupaciones laborales quedan, aunque sea por un rato, en segundo plano.
Porque no se trata únicamente de ganar monedas. Se trata de compartir tiempo, de liberar tensiones y de permitirnos disfrutar sin que todo tenga que ser productivo, planeado o extraordinario.
Por eso, hoy quiero invitarlos a hacer algo muy sencillo:
Busquen una pirinola y jueguen con las personas con las que quieran conectar. Observen las conversaciones que surgen, la ligereza con la que transcurre el momento, las emociones que aparecen y ese dolor de quijada que queda después de reír tanto.
Quizá descubran que la conexión no siempre se construye en una gran reunión, en una presentación impecable o en una actividad cuidadosamente diseñada.
A veces, comienza con seis caras, unas monedas y un simple giro.
Porque lo humano sigue ahí, presente en las cosas más sencillas. Solo necesitamos observarlo, reconocerlo y recuperar nuestra capacidad de asombro ante esos días que llamamos comunes y esas rutinas que, de pronto, pueden convertirse en momentos extraordinarios.
¿Y tú, cuándo fue la última vez que hiciste algo tan sencillo que terminó convirtiéndose en un gran momento de conexión?
